Veinticinco
de símbel de 1415 d.g:
- Oigan, ¿no podemos parar a comer?, me
muero de hambre – dijo Kurt ligeramente encorvado y sosteniéndose con una mano
el estomago, mientras caminaba junto con Amelí y Theo por un pequeño sendero de
tierra que atravesaba una inmensa llanura verde con abundante flora y colinas
pequeñas.
-
Pero si desayunamos hace hora y media
Kurt – exclamó Amelí mirando al joven de reojo.
-
¿Cómo puedes tener hambre? – exclamó
Theo después – gracias a ti se nos agotaron la provisiones, que se suponían
eran para una semana, en ¡dos días!
-
No es mi culpa que no calcularan que en
este grupo podría haber una persona con un metabolismo acelerado.
-
Pero, más encima no aportaste nada de
comida – reclamó Theo nuevamente.
-
No es mi culpa ser un pobre viajero que
apenas tiene para comer – dijo Kurt con un tono melancólico y tapándose los
ojos con el antebrazo como si estuviera conteniendo las lágrimas – me juzgas
injustamente Theo.
-
Ya déjate de dramas – le respondió el
otro joven – si tienes tanta hambre espérate hasta que lleguemos a Imer.
-
No creo aguantar tanto – dijo levantando
la vista al cielo – ahhhhhhhhh.
Kurt siguió quejándose, mas sus dos compañeros
simplemente lo ignoraron. Habían viajado por aquella llanura extensa desde su
salida de Sial durante dos días, se habían apoyado en el mapa que les dio Naim
para guiarse y llegar a Imer, sin embargo, al poco tiempo de comenzar la
travesía, se dieron cuenta de lo simple que era y de la poca información que
entregaba. En primer lugar las distancias no eran claras, por lo que los
jóvenes no supieron cuanto tardarían hasta que encontraron un camino y unos
letreros con indicaciones; el segundo problema con el mapa era el no señalizar
algunas indicaciones importantes del relieve como las colinas, bosques, arroyos
y lagunas de los alrededores, pero a pesar de todo el grupo pudo seguir
adelante.
Durante el primer día de viaje no hubo mayor
problema, rodearon Sial y avanzaron en dirección sureste todo el tiempo. Theo y
Amelí no hablaban mucho, sino que se dedicaban a concentrarse en caminar y ver
el paisaje, al contrario de Kurt que insistía en introducir conversación de
cualquier tema posible. La joven le respondía y mantenía conversación con él,
pero Theo respondía con monosílabos la gran mayoría de las veces. Se detuvieron
a descansar y a comer en una pequeña arboleda pasado el mediodía, y al caer la
noche acamparon en un bosquecillo.
A la mañana siguiente continuaron su camino,
pero se vieron obligados a refugiarse en una caverna, entremedio de unas
enormes rocas, ya que una fuerte lluvia inesperada comenzó a caer. Tuvieron que
permanecer bajo techo unas cuantas horas antes de poder continuar, y no
avanzaron mucho hasta que tuvieron que parar nuevamente porque anochecía. Al
despertar aquel día decidieron avanzar sin parar lo más que pudieran, el viaje
estaba demorando mucho y no tenían todo el tiempo del mundo; debían llegar a
Imer ese mismo día.
Fuera de unas pequeñas peleas entre Theo y
Kurt a las horas de comer, la convivencia entre los tres era buena y poco a
poco se iban conociendo más. La confianza también crecía de a poco entre ellos.
Antes de dormir conversaban frente a la fogata y el tema de esas dos noches fue
el pasado. Los dos hombres se mostraban reticentes a indagar mucho en él, pero
para Amelí no había problema en hablarlo; no dijo nada que Theo no supiese ya,
pero sabía que el contarlo de nuevo era para que Kurt también lo conociera.
No se toparon con muchos viajaros en su viaje,
hecho que Theo utilizó a su favor y aprovechó de entrenar mientras viajaba. Su
entrenamiento improvisado había consistido en liberar su trindeki en intentar
desviar su flujo de ENI hacia otra zona de su cuerpo mientras caminaba. A pesar
de su determinación no consiguió nada más que cansarse más rápido y por ende
obligar al grupo a detenerse a descansar más seguido. En ambas noches, después
de que sus compañeros se hubieron dormido, el joven aprovechó de entrenar tetsu
según le había aconsejado Naim; golpeaba rocas y árboles, los cuales eran más
grandes a medida que obtenía un mayor control. Sus progresos en la técnica le
aliviaban un poco la frustración de no poder mantener su trindeki liberado y
desviar el flujo a la vez.
Kurt seguía quejándose a cada paso, estaba
resultando ser muy molesto esa mañana y el hecho de subir una colina no ayudaba
en nada. Amelí y Theo estaban a punto de perder la paciencia y mandarlo a
cachar de una buena vez, cuando en ese momento llegaron a la cima. Fue un
alivio muy grato ya que un poco más allá, cerca de un gran bosque espeso y con
un camino que atravesaba el llano en dirección a él, se encontraba el pueblo de
Imer. Tenía sobre una veintena de casas y desde allí se apreciaba el movimiento
de los habitantes, el cual no era muy abundante.
-
Deja de quejarte Kurt – le dijo Theo a
su compañero rezagado – ya casi llegamos – agregó señalando hacia el pueblo.
Cuando el joven llegó con los otros y vio la
aglomeración de viviendas, se apresuró a llegar, pero tropezó con alguna piedra
o rama, como era común en él, y rodó colina abajo un buen trayecto hasta
detenerse gracias a un pequeño árbol situado más abajo que cedió ante el peso e
impacto del muchacho, doblando su verde tronco.
-
Repíteme, ¿por qué viene con nosotros? –
le preguntó Theo a Amelí mientras veía como después de tantas vueltas, su
compañero de grupo por fin se detenía.
-
Porque es de ayuda y además es gracioso
cuando le ocurren cosas como esta – respondió Amelí sonriendo y ambos bajaron
con cuidado hasta donde estaba su amigo.
Después de ayudar a Kurt a levantarse los
jóvenes continuaron su camino hacia Imer sin prisa, pero a un paso constante.
Demoraron una hora más aproximadamente, antes de poder llegar al pueblo
propiamente tal; a medida que avanzaban el paisaje no variaba mucho, seguían
andando por una llanura con abundante flora silvestre, rocas y arboledas a los
alrededores. Lo que se sumaba eran unos cuantos campos de cultivo
estratégicamente distribuidos y bien trabajados, no eran muy extensos y las
plantas eran de un pequeño tamaño lo que explicaba que desde lo alto de la
colina no se hubiesen fijado en la presencia de estos.
Al ingresar a Imer se dieron cuenta de que era
un lugar alegre, las personas iban de un lado a otro haciendo sus trámites, los
niños jugaban sin problemas y no se veía mayor inconveniente; a Theo le recordó
ligeramente a la zona norte de Sial, pero mucho menos poblada lo cual era un
alivio para él, ya que no le gustaban los lugares muy repletos de gente. Las
casas eran de madera y piedra, de un solo piso y tamaño reducido, no se
apreciaba que hubiese ninguna construcción más grande y ninguna de las
viviendas sobresalía en demasía sobre las otras; las calles y callejones del
pueblo eran de tierra, como algunas partes de la ciudad que habían dejado, pero
a diferencia de esta no había ningún lugar adoquinado. Tampoco se apreciaba una
distribución fija en las construcciones sino que se repartían de manera
aleatoria, claro signo de que Imer había crecido por fases a medida que más
gente había nacido o llegado al lugar.
Su apreciación desde la entrada del lugar se
vio interrumpida por el ruido que hacía el estomago de Kurt.
-
Oigan vamos a buscar un lugar donde
comer por favor – dijo agarrándose el estomago con ambas manos – ya no aguanto
más.
Le preguntaron a una señora donde podrían
comer algo tranquilamente y ella les indicó la posada del pueblo conocida como
“el roble añejo”, sin indicaciones nunca se hubiesen imaginado que era una
posada por la imagen exterior que presentaba tan similar a las otras y sólo con
un pequeño letrero apenas perceptible que explicaba lo que era el lugar. Los
viajeros entraron y se sentaron en una mesa desocupada cerca de una de las
ventanas que daban a la calle; el sitio estaba construido prácticamente entero
de madera y estaba adornado con una gran variedad de plantas silvestres en
macetas de madera también, entre otros adornos se hallaban algunas pieles y las
cabezas de unos ciervos de grandes astas. No había mucha gente allí por lo que
el servicio fue bastante rápido.
Una camarera les entregó un menú y decidieron
comer la especialidad de la casa: ciervo a las hierbas. Cuando les trajeron su
orden se dispusieron a comer con ganas.
-
Esto está delicioso – exclamó Kurt
contento de poder llenarse el estomago.
-
La verdad es que está muy bueno –
confirmó Amelí.
-
Es grato escuchar que los visitantes
disfrutan de la comida local.
Un hombre de unos treinta años, musculoso,
delgado, de cabello negro, ondulado y largo se acercó hacia los jóvenes desde
otra mesa cercana que estaba limpiando. Vestía una camisa a cuadros verde,
pantalones marrones al igual que los zapatos y un delantal blanco que le cubría
desde la cintura hacia abajo.
-
Hola me llamo Robledo y esta es mi
posada, ¿de dónde son ustedes muchachos?
-
Nosotros venimos de Sial – contestó Theo
mientras seguía comiendo.
-
De Sial – dijo Robledo sorprendido – eso
queda lejos, ¿Qué motivo los trae a este pequeño pueblo?
Theo miró a sus compañeros con la boca llena.
Por la mirada que le dirigían notaba que había metido la pata al hablar de más,
iba a decir alguna excusa, pero Amelí se le adelantó.
-
Sólo estamos de paso – dijo
tranquilamente – nos dirigimos a visitar a una amiga de mi abuelo que vive
pasado el bosque.
-
¿Piensan atravesar el bosque? – dijo sorprendido
y con un dejo de terror en su voz.
-
Si – respondió la chica – me han dicho
que es la forma más rápida de llegar.
-
Les aconsejo que busquen otra ruta para
continuar su viaje.
-
¿Por qué? – preguntó Kurt.
-
Bueno verán – Robledo acercó una silla
hacia la mesa y se sentó – este pueblo era exclusivo de cazadores y sus respectivas
familias, ya que había mucha fauna por los alrededores; poco a poco se fue
expandiendo, los hombres organizaban grandes expediciones al bosque y siempre
traían alimento para todos, pero hace unos meses ha sido imposible siquiera
ingresar allí.
-
¿y eso por qué? – pregunto Theo
terminando su comida.
-
Por los lobos.
-
¿Los lobos? – dijeron los tres a la vez.
-
Si, últimamente se han reunido en gran
número y atacan a cualquiera que ingresa al bosque; ya han muerto varias
personas, inclusive mujeres y niños.
-
Eso es extraño – dijo Amelí dirigiéndole
una mirada a sus compañeros – ¿nunca antes hubo una situación similar?
-
No, eso es lo más raro – reflexionó
Robledo – además algunos han asegurado que entre esos animales han visto uno que
es más grande que los demás y que ese es el más peligroso.
Su conversación se vio interrumpida
bruscamente por un estrepitoso alboroto que sucedía en la calle del pueblo. Los
tres jóvenes y Robledo se asomaron rápidamente por la ventana y presenciaron lo
ocurrido. En el suelo había un hombre de mediana edad tirado y a su alrededor
había unos seis soldados de Rabel con fusiles; cerca de ellos había un
transporte automático de cuatro ruedas sin techo en donde se encontraban otros
tres civiles, dos hombres y una mujer. El hombre gritaba mientras dos de los
soldados lo levantaban y lo llevaban al transporte.
-
¡Por favor, no me lleven, no me lleven,
piensen en mi familia, tengo una esposa enferma, por favor!
Ninguno de los soldados le respondió y
subieron al hombre a la fuerza frente a la mirada atónita de la gente del
pueblo. Theo sentía la necesidad irresistible de saltar a ayudar a aquél
hombre, pero se mantuvo en su sitio; ya no era como antes donde no ayudaba al
que lo necesitara por no ser su asunto, sino que en verdad quería ayudarlo por
propia voluntad, sin embargo, conservaba la cabeza fría, sabía que no debía
meterse con el ejército aunque se sentía seguro de ganar incluso sin recurrir a
Benforth. Finalmente los soldados subieron al hombre, quien empezó a sollozar,
al transporte, subieron ellos y se fueron a una buena velocidad levantando una
nube de polvo que cubrió a todos los espectadores.
Theo y los demás volvieron a sentarse mientras
la gente iba alejándose.
-
¿Pero, qué fue eso? – dijo Kurt desconcertado
hacia Robledo.
- Eso es otra cosa extraña que ha sucedido
últimamente – se detuvo un instante – hace un mes aproximadamente el ejército
vino y dijo algo de una escases de reclutas y que se yo, bueno el hecho es que
cada semana vienen al pueblo y se llevan a unas cuantas personas; muchos tienen
miedo y otros tantos se han ido, pero la mayoría tienen su vida hecha acá y por
eso se quedan a pesar de esto.
Los jóvenes permanecieron en silencio unos
instantes pensando en lo ocurrido, finalmente Amelí se dirigió a Robledo.
-
Señor Robledo, ¿nos podría indicar dónde
está la entrada al sedero del bosque?
- ¿Aún piensan atravesar el bosque? – los
tres asintieron con la cabeza – pero ¿que van hacer si los atacan los lobos?
-
Nos defenderemos – respondió Kurt con
naturalidad.
-
Pero si apenas son unos muchachos –
reclamó Robledo.
-
No nos subestime – dijo Theo un poco
molesto mirando al adulto a los ojos, una de las cosas que menos le gustaba era
que las personas mayores lo vieran en menos por ser joven.
Robledo vaciló un minuto, pero finalmente les
contestó.
-
De acuerdo, conste que no me hago
responsable de lo que les pase, yo se los advertí – señaló a los tres – sigan
ese camino directo hacia el bosque y encontraran la entrada al sendero.
- Muchas gracias señor Robledo – dijo
Amelí y extrajo unos kais de su bolsillo y se los entregó al hombre – nos
vamos, muchas gracias por todo.
Los amigos salieron del roble añejo y se
encaminaron por donde les habían indicado, no emitieron ninguna palabra hasta
que estuvieron a una distancia prudente de las casas y confirmaron que no había
nadie alrededor.
-
Ese espectáculo fue muy extraño – dijo
Theo pensativo y con mucha molestia en su tono de voz – se supone que el
ejército recluta soldados de forma voluntaria y sólo en casos de guerra el
reclutamiento es obligatorio, pero nunca así.
-
Lo sé Theo – dijo Amelí sin dejar de
avanzar – pero en este momento tenemos una misión que cumplir y no nos podemos
distraer con cualquier injusticia que vemos en el camino.
-
Me parece más raro eso de los lobos que
la actitud de los soldados – dijo Kurt.
-
A mí también me lo parece – confirmó
Amelí.
-
Pero ¿por qué? – reclamó Theo.
-
Porque lo más probable es que se trate
de un bángalo – dijo Amelí seriamente.
-
Pero si en ningún momento Robledo habló
de niebla ni nada parecido.
-
Theo –dijo nuevamente Amelí seriamente,
pero sin agresión – no necesariamente se trata de un bángalo de otra dimensión,
sino de uno salvaje; esos no tienen nada que ver con esa niebla, recuérdalo.
Theo calló y no dijo nada más; simplemente
asintió y se regaño internamente por no haberse percatado de ese detalle antes.
Finalmente llegaron a la entrada del bosque, el sendero, del mismo estilo de la
calle, se adentraba entre los arboles de forma irregular dando muchas vueltas.
En el tronco de un árbol había un cartel de madera clavado que decía: “bosque
de Imer, entre bajo su propio riesgo”.
-
Bueno se nota que la advertencia de ese
hombre no era mentira – dijo Kurt con una risita.
-
Será mejor que nos apresuremos – dijo
Amelí – recuerden esto – agregó – mi abuelo me dijo que para llegar a donde
vivía Celene tenernos que tomar un camino oculto desde el sendero principal; el
desvió lo marca un árbol con una piedra azul.
Los muchachos asintieron e ingresaron
definitivamente al bosque. No era distinto a cualquier otro bosque, los árboles
eran altos y daban mucha sombra; la vegetación crecía abundantemente e incluso
parte de esta había comenzado a invadir el camino por falta de limpieza. Lo
único extraño era que no se escuchaba sonido alguno; ni los pájaros ni otros
animales se dejaban oír.
-
Esto es muy extraño – dijo Kurt
adoptando un tono serio.
-
¿Qué es extraño? – preguntó Theo.
-
El que no haya ningún sonido.
-
No estarás asustado Kurt – le respondió
con una sonrisa maliciosa, aunque él también tenía un mal presentimiento.
-
No bromees Theo – respondió bajando un
poco la voz – he cazado varias veces y cuando los animales no se dejan
escuchar, es porque tienen miedo de ser encontrados por un depredador.
-
Pero entonces ¿no será por nosotros?
-
No lo creo, por lo menos deberíamos de
escuchar siquiera un pájaro.
Repentinamente Kurt escuchó un ruido de algo
que se acercaba y justo después de ese le siguió otro y otro, pero antes de que
pudiera advertirle a sus compañeros, cuatro lobos grises saltaron sobre los
jóvenes desde la espesura de los árboles con las garras y hocicos buscando
desgarrar la carne de sus víctimas. Con una velocidad de reacción
impresionante, los tres nov-enilitas dejaron sus mochilas de lado y liberaron sus trindekis.
-
Protege, Benforth.
-
Materializa mis deseos, Guinerv.
-
Captura al enemigo, Siatsam.
El anillo, el pendiente y el guante sin dedos
se convirtieron respectivamente en el guantelete, el cetro y en el arco con los
guantes y el carcaj. Theo golpeó en la cabeza al animal que se le abalanzaba,
Kurt saltó hacia atrás mientras extraía una flecha, la preparó y la disparó
hacia el cuello del lobo, impactando profundamente. A la vez Amelí dio una
voltereta y materializó dos agujas color rojo que se incrustaron en los cuerpos
de las dos bestias restantes.
La lucha duró apenas unos cuantos segundos y
una vez finalizada, los lobos yacían muertos en el sedero, tres de ellos con
unos cuantos hilos de sangre brotando de ellos.
-
Estos no son bángalos – dijo Amelí – son
lobos comunes y corrientes.
-
Tienes razón – confirmó Kurt – no han
desaparecido, además los trindeki no han reaccionado.
-
Parece que nos equivocamos en pensar que
esto tenía que ver con los bángalos – dijo Theo, pero justo en ese momento
sintieron más ruidos y casi por instinto se colocaron espalda con espalda.
De entre los árboles aparecieron más lobos de
distintos tamaños y colores, todos mostrando los colmillos y gruñendo mientras
rodeaban a los jóvenes en el sendero. Estaban preparados para atacar en
cualquier momento, pero por alguna razón no lo hacían.
-
Estos tampoco son bángalos – dijo Theo a
sus compañeros sin quitar la vista de los animales, había adaptado su típica
posición de lucha y tenía preparado el guantelete para golpear al instante.
-
Estos humanos son especiales – una voz
grave y con tono irónico se emitía desde algún lugar del bosque, oculta entre
los árboles – tranquilos mis hermanos nos vengaremos de estos asesinos.
De repente apareció un lobo enorme, como el
triple de uno normal, era marrón, con un casco negro del cual sobresalía una
púa plateada, en sus patas tenía unas protecciones negras con un poco de gris
en el frente y en el cuerpo tenía una especie de camiseta sin mangas negra que
le cubría tanto la espalda como el abdomen. Se acercó con paso tranquilo y se
situó detrás de los muchos lobos que rodeaban a los nov-enilitas.
Ante la presencia del recién llegado los
trindekis reaccionaron revelándole a sus respectivos dueños que esa nueva
bestia era un bángalo. Este sonreía maliciosa y burlescamente mientras mostraba
su hilera de colmillos; los jóvenes seguían preparados para reaccionar frente a
cualquier movimiento, pero los lobos permanecieron estáticos en su lugar.
-
Han matado a cuatro de nuestros hermanos
– dijo el bángalo sin tristeza sino con burla- ahora sufrirán las peor muerte
gracias a Wolgen y su jauría.
Con un gruñido del bángalo, los lobos se
abalanzaron sobre sus presas al instante. Theo golpeó a uno directamente en el
abdomen mientras se encontraba en el aire, rodó por el suelo para esquivar a
otros dos y apenas se levantó golpeó con el guantelete a otro más mientras
estaba desprevenido. Amelí había materializado cinco agujas largas y grandes al
mismo tiempo a su alrededor, a las cuales los lobos se incrustaron al instante,
se sintió satisfecha ya que el entrenamiento extra que había realizado cada
noche al volver al campamento había traído su frutos.
Kurt utilizó kire para desplazarse a gran
velocidad, y con cada paso que daba disparaba una flecha que iba a incrustarse
certeramente al cuerpo de uno de los tantos animales. Los lobos no eran muy
fuertes para ellos, pero los superaban en número considerablemente, incluso
parecía que desde la espesura del bosque aparecían más y más a cada instante.
Justo cuando una nueva oleada de bestias se abalanzaba sobre el grupo de
jóvenes y estaban a punto de caerles encima, varios de ellos sufrieron
explosiones en algunas partes de sus cuerpos lo que los obligó a caer de mala
manera, algunos estaban completamente muertos, sin embargo, otros sólo estaban
heridos de gravedad y gemían considerablemente.
-
¡¿Quién hizo eso?! – exclamó el bángalo
con un tono de preocupación y alarma, los tres muchachos también estaban
sorprendidos y buscaban con la vista por todas partes la fuente de aquellas
explosiones.
-
Yo lo hice – exclamó una voz desde la
rama de un árbol.
Tanto los lobos, el bángalo y los chicos
miraron a una mujer anciana con una mano en el bolsillo y el otro brazo
colgando suelto, en lo alto de una rama de un árbol cercano al sendero. Vestía
unas botas militares, pantalones y chaqueta azul marino, y una capa de viaje
color crema que le cubría los hombros; su cabello completamente canoso era liso
y ligeramente largo hacia las sienes, con un moño redondo en su nuca. Miraba con
un profundo desprecio a todos los presentes.
-
Este alboroto – dijo – me tiene
harta.
Próximo capitulo: "una petición inesperada" saldrá el sábado 3 de marzo
Disculpen la tardanza, y por supuesto disfrútenlo, y agradezcan comentando.
Próximo capitulo: "una petición inesperada" saldrá el sábado 3 de marzo
Disculpen la tardanza, y por supuesto disfrútenlo, y agradezcan comentando.
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