sábado, 25 de febrero de 2012

Theo no Tabi Capitulo 8: “Imer”


Veinticinco de símbel de 1415 d.g:

-    Oigan, ¿no podemos parar a comer?, me muero de hambre – dijo Kurt ligeramente encorvado y sosteniéndose con una mano el estomago, mientras caminaba junto con Amelí y Theo por un pequeño sendero de tierra que atravesaba una inmensa llanura verde con abundante flora y colinas pequeñas.

-          Pero si desayunamos hace hora y media Kurt – exclamó Amelí mirando al joven de reojo.

-          ¿Cómo puedes tener hambre? – exclamó Theo después – gracias a ti se nos agotaron la provisiones, que se suponían eran para una semana, en ¡dos días!

-          No es mi culpa que no calcularan que en este grupo podría haber una persona con un metabolismo acelerado.

-          Pero, más encima no aportaste nada de comida – reclamó Theo nuevamente.


-          No es mi culpa ser un pobre viajero que apenas tiene para comer – dijo Kurt con un tono melancólico y tapándose los ojos con el antebrazo como si estuviera conteniendo las lágrimas – me juzgas injustamente Theo.

-          Ya déjate de dramas – le respondió el otro joven – si tienes tanta hambre espérate hasta que lleguemos a Imer.

-          No creo aguantar tanto – dijo levantando la vista al cielo – ahhhhhhhhh.

 Kurt siguió quejándose, mas sus dos compañeros simplemente lo ignoraron. Habían viajado por aquella llanura extensa desde su salida de Sial durante dos días, se habían apoyado en el mapa que les dio Naim para guiarse y llegar a Imer, sin embargo, al poco tiempo de comenzar la travesía, se dieron cuenta de lo simple que era y de la poca información que entregaba. En primer lugar las distancias no eran claras, por lo que los jóvenes no supieron cuanto tardarían hasta que encontraron un camino y unos letreros con indicaciones; el segundo problema con el mapa era el no señalizar algunas indicaciones importantes del relieve como las colinas, bosques, arroyos y lagunas de los alrededores, pero a pesar de todo el grupo pudo seguir adelante.

 Durante el primer día de viaje no hubo mayor problema, rodearon Sial y avanzaron en dirección sureste todo el tiempo. Theo y Amelí no hablaban mucho, sino que se dedicaban a concentrarse en caminar y ver el paisaje, al contrario de Kurt que insistía en introducir conversación de cualquier tema posible. La joven le respondía y mantenía conversación con él, pero Theo respondía con monosílabos la gran mayoría de las veces. Se detuvieron a descansar y a comer en una pequeña arboleda pasado el mediodía, y al caer la noche acamparon en un bosquecillo.

 A la mañana siguiente continuaron su camino, pero se vieron obligados a refugiarse en una caverna, entremedio de unas enormes rocas, ya que una fuerte lluvia inesperada comenzó a caer. Tuvieron que permanecer bajo techo unas cuantas horas antes de poder continuar, y no avanzaron mucho hasta que tuvieron que parar nuevamente porque anochecía. Al despertar aquel día decidieron avanzar sin parar lo más que pudieran, el viaje estaba demorando mucho y no tenían todo el tiempo del mundo; debían llegar a Imer ese mismo día.

 Fuera de unas pequeñas peleas entre Theo y Kurt a las horas de comer, la convivencia entre los tres era buena y poco a poco se iban conociendo más. La confianza también crecía de a poco entre ellos. Antes de dormir conversaban frente a la fogata y el tema de esas dos noches fue el pasado. Los dos hombres se mostraban reticentes a indagar mucho en él, pero para Amelí no había problema en hablarlo; no dijo nada que Theo no supiese ya, pero sabía que el contarlo de nuevo era para que Kurt también lo conociera.

 No se toparon con muchos viajaros en su viaje, hecho que Theo utilizó a su favor y aprovechó de entrenar mientras viajaba. Su entrenamiento improvisado había consistido en liberar su trindeki en intentar desviar su flujo de ENI hacia otra zona de su cuerpo mientras caminaba. A pesar de su determinación no consiguió nada más que cansarse más rápido y por ende obligar al grupo a detenerse a descansar más seguido. En ambas noches, después de que sus compañeros se hubieron dormido, el joven aprovechó de entrenar tetsu según le había aconsejado Naim; golpeaba rocas y árboles, los cuales eran más grandes a medida que obtenía un mayor control. Sus progresos en la técnica le aliviaban un poco la frustración de no poder mantener su trindeki liberado y desviar el flujo a la vez.

 Kurt seguía quejándose a cada paso, estaba resultando ser muy molesto esa mañana y el hecho de subir una colina no ayudaba en nada. Amelí y Theo estaban a punto de perder la paciencia y mandarlo a cachar de una buena vez, cuando en ese momento llegaron a la cima. Fue un alivio muy grato ya que un poco más allá, cerca de un gran bosque espeso y con un camino que atravesaba el llano en dirección a él, se encontraba el pueblo de Imer. Tenía sobre una veintena de casas y desde allí se apreciaba el movimiento de los habitantes, el cual no era muy abundante.

-          Deja de quejarte Kurt – le dijo Theo a su compañero rezagado – ya casi llegamos – agregó señalando hacia el pueblo.

 Cuando el joven llegó con los otros y vio la aglomeración de viviendas, se apresuró a llegar, pero tropezó con alguna piedra o rama, como era común en él, y rodó colina abajo un buen trayecto hasta detenerse gracias a un pequeño árbol situado más abajo que cedió ante el peso e impacto del muchacho, doblando su verde tronco.

-          Repíteme, ¿por qué viene con nosotros? – le preguntó Theo a Amelí mientras veía como después de tantas vueltas, su compañero de grupo por fin se detenía.

-          Porque es de ayuda y además es gracioso cuando le ocurren cosas como esta – respondió Amelí sonriendo y ambos bajaron con cuidado hasta donde estaba su amigo.

 Después de ayudar a Kurt a levantarse los jóvenes continuaron su camino hacia Imer sin prisa, pero a un paso constante. Demoraron una hora más aproximadamente, antes de poder llegar al pueblo propiamente tal; a medida que avanzaban el paisaje no variaba mucho, seguían andando por una llanura con abundante flora silvestre, rocas y arboledas a los alrededores. Lo que se sumaba eran unos cuantos campos de cultivo estratégicamente distribuidos y bien trabajados, no eran muy extensos y las plantas eran de un pequeño tamaño lo que explicaba que desde lo alto de la colina no se hubiesen fijado en la presencia de estos.

 Al ingresar a Imer se dieron cuenta de que era un lugar alegre, las personas iban de un lado a otro haciendo sus trámites, los niños jugaban sin problemas y no se veía mayor inconveniente; a Theo le recordó ligeramente a la zona norte de Sial, pero mucho menos poblada lo cual era un alivio para él, ya que no le gustaban los lugares muy repletos de gente. Las casas eran de madera y piedra, de un solo piso y tamaño reducido, no se apreciaba que hubiese ninguna construcción más grande y ninguna de las viviendas sobresalía en demasía sobre las otras; las calles y callejones del pueblo eran de tierra, como algunas partes de la ciudad que habían dejado, pero a diferencia de esta no había ningún lugar adoquinado. Tampoco se apreciaba una distribución fija en las construcciones sino que se repartían de manera aleatoria, claro signo de que Imer había crecido por fases a medida que más gente había nacido o llegado al lugar.    

 Su apreciación desde la entrada del lugar se vio interrumpida por el ruido que hacía el estomago de Kurt.

-          Oigan vamos a buscar un lugar donde comer por favor – dijo agarrándose el estomago con ambas manos – ya no aguanto más.

 Le preguntaron a una señora donde podrían comer algo tranquilamente y ella les indicó la posada del pueblo conocida como “el roble añejo”, sin indicaciones nunca se hubiesen imaginado que era una posada por la imagen exterior que presentaba tan similar a las otras y sólo con un pequeño letrero apenas perceptible que explicaba lo que era el lugar. Los viajeros entraron y se sentaron en una mesa desocupada cerca de una de las ventanas que daban a la calle; el sitio estaba construido prácticamente entero de madera y estaba adornado con una gran variedad de plantas silvestres en macetas de madera también, entre otros adornos se hallaban algunas pieles y las cabezas de unos ciervos de grandes astas. No había mucha gente allí por lo que el servicio fue bastante rápido.

 Una camarera les entregó un menú y decidieron comer la especialidad de la casa: ciervo a las hierbas. Cuando les trajeron su orden se dispusieron a comer con ganas.

-          Esto está delicioso – exclamó Kurt contento de poder llenarse el estomago.

-          La verdad es que está muy bueno – confirmó Amelí.

-          Es grato escuchar que los visitantes disfrutan de la comida local.

  Un hombre de unos treinta años, musculoso, delgado, de cabello negro, ondulado y largo se acercó hacia los jóvenes desde otra mesa cercana que estaba limpiando. Vestía una camisa a cuadros verde, pantalones marrones al igual que los zapatos y un delantal blanco que le cubría desde la cintura hacia abajo.

-          Hola me llamo Robledo y esta es mi posada, ¿de dónde son ustedes muchachos?

-          Nosotros venimos de Sial – contestó Theo mientras seguía comiendo.

-          De Sial – dijo Robledo sorprendido – eso queda lejos, ¿Qué motivo los trae a este pequeño pueblo?

 Theo miró a sus compañeros con la boca llena. Por la mirada que le dirigían notaba que había metido la pata al hablar de más, iba a decir alguna excusa, pero Amelí se le adelantó.

-          Sólo estamos de paso – dijo tranquilamente – nos dirigimos a visitar a una amiga de mi abuelo que vive pasado el bosque.

-          ¿Piensan atravesar el bosque? – dijo sorprendido y con un dejo de terror en su voz.

-          Si – respondió la chica – me han dicho que es la forma más rápida de llegar.

-          Les aconsejo que busquen otra ruta para continuar su viaje.

-          ¿Por qué? – preguntó Kurt.

-          Bueno verán – Robledo acercó una silla hacia la mesa y se sentó – este pueblo era  exclusivo de cazadores y sus respectivas familias, ya que había mucha fauna por los alrededores; poco a poco se fue expandiendo, los hombres organizaban grandes expediciones al bosque y siempre traían alimento para todos, pero hace unos meses ha sido imposible siquiera ingresar allí.

-          ¿y eso por qué? – pregunto Theo terminando su comida.

-          Por los lobos.

-          ¿Los lobos? – dijeron los tres a la vez.

-          Si, últimamente se han reunido en gran número y atacan a cualquiera que ingresa al bosque; ya han muerto varias personas, inclusive mujeres y niños.

-          Eso es extraño – dijo Amelí dirigiéndole una mirada a sus compañeros – ¿nunca antes hubo una situación similar?    

-          No, eso es lo más raro – reflexionó Robledo – además algunos han asegurado que entre esos animales han visto uno que es más grande que los demás y que ese es el más peligroso.

 Su conversación se vio interrumpida bruscamente por un estrepitoso alboroto que sucedía en la calle del pueblo. Los tres jóvenes y Robledo se asomaron rápidamente por la ventana y presenciaron lo ocurrido. En el suelo había un hombre de mediana edad tirado y a su alrededor había unos seis soldados de Rabel con fusiles; cerca de ellos había un transporte automático de cuatro ruedas sin techo en donde se encontraban otros tres civiles, dos hombres y una mujer. El hombre gritaba mientras dos de los soldados lo levantaban y lo llevaban al transporte.

-          ¡Por favor, no me lleven, no me lleven, piensen en mi familia, tengo una esposa enferma, por favor!

 Ninguno de los soldados le respondió y subieron al hombre a la fuerza frente a la mirada atónita de la gente del pueblo. Theo sentía la necesidad irresistible de saltar a ayudar a aquél hombre, pero se mantuvo en su sitio; ya no era como antes donde no ayudaba al que lo necesitara por no ser su asunto, sino que en verdad quería ayudarlo por propia voluntad, sin embargo, conservaba la cabeza fría, sabía que no debía meterse con el ejército aunque se sentía seguro de ganar incluso sin recurrir a Benforth. Finalmente los soldados subieron al hombre, quien empezó a sollozar, al transporte, subieron ellos y se fueron a una buena velocidad levantando una nube de polvo que cubrió a todos los espectadores.

 Theo y los demás volvieron a sentarse mientras la gente iba alejándose.

-          ¿Pero, qué fue eso? – dijo Kurt desconcertado hacia Robledo.

-    Eso es otra cosa extraña que ha sucedido últimamente – se detuvo un instante – hace un mes aproximadamente el ejército vino y dijo algo de una escases de reclutas y que se yo, bueno el hecho es que cada semana vienen al pueblo y se llevan a unas cuantas personas; muchos tienen miedo y otros tantos se han ido, pero la mayoría tienen su vida hecha acá y por eso se quedan a pesar de esto.

 Los jóvenes permanecieron en silencio unos instantes pensando en lo ocurrido, finalmente Amelí se dirigió a Robledo.

-          Señor Robledo, ¿nos podría indicar dónde está la entrada al sedero del bosque?

-      ¿Aún piensan atravesar el bosque? – los tres asintieron con la cabeza – pero ¿que van hacer si los atacan los lobos?

-          Nos defenderemos – respondió Kurt con naturalidad.

-          Pero si apenas son unos muchachos – reclamó Robledo.

-          No nos subestime – dijo Theo un poco molesto mirando al adulto a los ojos, una de las cosas que menos le gustaba era que las personas mayores lo vieran en menos por ser joven.

 Robledo vaciló un minuto, pero finalmente les contestó.

-          De acuerdo, conste que no me hago responsable de lo que les pase, yo se los advertí – señaló a los tres – sigan ese camino directo hacia el bosque y encontraran la entrada al sendero.

-        Muchas gracias señor Robledo – dijo Amelí y extrajo unos kais de su bolsillo y se los entregó al hombre – nos vamos, muchas gracias por todo.

 Los amigos salieron del roble añejo y se encaminaron por donde les habían indicado, no emitieron ninguna palabra hasta que estuvieron a una distancia prudente de las casas y confirmaron que no había nadie alrededor. 

-          Ese espectáculo fue muy extraño – dijo Theo pensativo y con mucha molestia en su tono de voz – se supone que el ejército recluta soldados de forma voluntaria y sólo en casos de guerra el reclutamiento es obligatorio, pero nunca así.

-          Lo sé Theo – dijo Amelí sin dejar de avanzar – pero en este momento tenemos una misión que cumplir y no nos podemos distraer con cualquier injusticia que vemos en el camino.

-          Me parece más raro eso de los lobos que la actitud de los soldados – dijo Kurt.

-          A mí también me lo parece – confirmó Amelí.

-          Pero ¿por qué? – reclamó Theo.

-          Porque lo más probable es que se trate de un bángalo – dijo Amelí seriamente.

-          Pero si en ningún momento Robledo habló de niebla ni nada parecido.

-          Theo –dijo nuevamente Amelí seriamente, pero sin agresión – no necesariamente se trata de un bángalo de otra dimensión, sino de uno salvaje; esos no tienen nada que ver con esa niebla, recuérdalo.

 Theo calló y no dijo nada más; simplemente asintió y se regaño internamente por no haberse percatado de ese detalle antes. Finalmente llegaron a la entrada del bosque, el sendero, del mismo estilo de la calle, se adentraba entre los arboles de forma irregular dando muchas vueltas. En el tronco de un árbol había un cartel de madera clavado que decía: “bosque de Imer, entre bajo su propio riesgo”.

-          Bueno se nota que la advertencia de ese hombre no era mentira – dijo Kurt con una risita.

-          Será mejor que nos apresuremos – dijo Amelí – recuerden esto – agregó – mi abuelo me dijo que para llegar a donde vivía Celene tenernos que tomar un camino oculto desde el sendero principal; el desvió lo marca un árbol con una piedra azul.

 Los muchachos asintieron e ingresaron definitivamente al bosque. No era distinto a cualquier otro bosque, los árboles eran altos y daban mucha sombra; la vegetación crecía abundantemente e incluso parte de esta había comenzado a invadir el camino por falta de limpieza. Lo único extraño era que no se escuchaba sonido alguno; ni los pájaros ni otros animales se dejaban oír.

-          Esto es muy extraño – dijo Kurt adoptando un tono serio.

-          ¿Qué es extraño? – preguntó Theo.

-          El que no haya ningún sonido.

-          No estarás asustado Kurt – le respondió con una sonrisa maliciosa, aunque él también tenía un mal presentimiento.

-          No bromees Theo – respondió bajando un poco la voz – he cazado varias veces y cuando los animales no se dejan escuchar, es porque tienen miedo de ser encontrados por un depredador.

-          Pero entonces ¿no será por nosotros?

-          No lo creo, por lo menos deberíamos de escuchar siquiera un pájaro.

 Repentinamente Kurt escuchó un ruido de algo que se acercaba y justo después de ese le siguió otro y otro, pero antes de que pudiera advertirle a sus compañeros, cuatro lobos grises saltaron sobre los jóvenes desde la espesura de los árboles con las garras y hocicos buscando desgarrar la carne de sus víctimas. Con una velocidad de reacción impresionante, los tres nov-enilitas dejaron sus mochilas de lado y  liberaron sus trindekis.

-          Protege, Benforth.

-          Materializa mis deseos, Guinerv.

-          Captura al enemigo, Siatsam.

 El anillo, el pendiente y el guante sin dedos se convirtieron respectivamente en el guantelete, el cetro y en el arco con los guantes y el carcaj. Theo golpeó en la cabeza al animal que se le abalanzaba, Kurt saltó hacia atrás mientras extraía una flecha, la preparó y la disparó hacia el cuello del lobo, impactando profundamente. A la vez Amelí dio una voltereta y materializó dos agujas color rojo que se incrustaron en los cuerpos de las dos bestias restantes.

 La lucha duró apenas unos cuantos segundos y una vez finalizada, los lobos yacían muertos en el sedero, tres de ellos con unos cuantos hilos de sangre brotando de ellos.

-          Estos no son bángalos – dijo Amelí – son lobos comunes y corrientes.

-          Tienes razón – confirmó Kurt – no han desaparecido, además los trindeki no han reaccionado.

-          Parece que nos equivocamos en pensar que esto tenía que ver con los bángalos – dijo Theo, pero justo en ese momento sintieron más ruidos y casi por instinto se colocaron espalda con espalda.

 De entre los árboles aparecieron más lobos de distintos tamaños y colores, todos mostrando los colmillos y gruñendo mientras rodeaban a los jóvenes en el sendero. Estaban preparados para atacar en cualquier momento, pero por alguna razón no lo hacían.

-          Estos tampoco son bángalos – dijo Theo a sus compañeros sin quitar la vista de los animales, había adaptado su típica posición de lucha y tenía preparado el guantelete para golpear al instante.

-          Estos humanos son especiales – una voz grave y con tono irónico se emitía desde algún lugar del bosque, oculta entre los árboles – tranquilos mis hermanos nos vengaremos de estos asesinos.

 De repente apareció un lobo enorme, como el triple de uno normal, era marrón, con un casco negro del cual sobresalía una púa plateada, en sus patas tenía unas protecciones negras con un poco de gris en el frente y en el cuerpo tenía una especie de camiseta sin mangas negra que le cubría tanto la espalda como el abdomen. Se acercó con paso tranquilo y se situó detrás de los muchos lobos que rodeaban a los nov-enilitas.

 Ante la presencia del recién llegado los trindekis reaccionaron revelándole a sus respectivos dueños que esa nueva bestia era un bángalo. Este sonreía maliciosa y burlescamente mientras mostraba su hilera de colmillos; los jóvenes seguían preparados para reaccionar frente a cualquier movimiento, pero los lobos permanecieron estáticos en su lugar.

-          Han matado a cuatro de nuestros hermanos – dijo el bángalo sin tristeza sino con burla- ahora sufrirán las peor muerte gracias a Wolgen y su jauría.

 Con un gruñido del bángalo, los lobos se abalanzaron sobre sus presas al instante. Theo golpeó a uno directamente en el abdomen mientras se encontraba en el aire, rodó por el suelo para esquivar a otros dos y apenas se levantó golpeó con el guantelete a otro más mientras estaba desprevenido. Amelí había materializado cinco agujas largas y grandes al mismo tiempo a su alrededor, a las cuales los lobos se incrustaron al instante, se sintió satisfecha ya que el entrenamiento extra que había realizado cada noche al volver al campamento había traído su frutos.

 Kurt utilizó kire para desplazarse a gran velocidad, y con cada paso que daba disparaba una flecha que iba a incrustarse certeramente al cuerpo de uno de los tantos animales. Los lobos no eran muy fuertes para ellos, pero los superaban en número considerablemente, incluso parecía que desde la espesura del bosque aparecían más y más a cada instante. Justo cuando una nueva oleada de bestias se abalanzaba sobre el grupo de jóvenes y estaban a punto de caerles encima, varios de ellos sufrieron explosiones en algunas partes de sus cuerpos lo que los obligó a caer de mala manera, algunos estaban completamente muertos, sin embargo, otros sólo estaban heridos de gravedad y gemían considerablemente.

-          ¡¿Quién hizo eso?! – exclamó el bángalo con un tono de preocupación y alarma, los tres muchachos también estaban sorprendidos y buscaban con la vista por todas partes la fuente de aquellas explosiones.

-          Yo lo hice – exclamó una voz desde la rama de un árbol.

 Tanto los lobos, el bángalo y los chicos miraron a una mujer anciana con una mano en el bolsillo y el otro brazo colgando suelto, en lo alto de una rama de un árbol cercano al sendero. Vestía unas botas militares, pantalones y chaqueta azul marino, y una capa de viaje color crema que le cubría los hombros; su cabello completamente canoso era liso y ligeramente largo hacia las sienes, con un moño redondo en su nuca. Miraba con un profundo desprecio a todos los presentes.

-          Este alboroto – dijo – me tiene harta.          


Próximo capitulo: "una petición inesperada" saldrá el sábado 3 de marzo


Disculpen la tardanza, y por supuesto disfrútenlo, y agradezcan comentando.
        

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