sábado, 7 de enero de 2012

Theo no Tabi Capitulo 1: “Ataque en el depósito”

Tres de símbel de 1415 d.g:

 Sin nada que alertara la aparición de ese fenómeno, una niebla muy espesa comenzó a envolver el lugar. Las montañas de piezas metálicas comenzaron a hacerse invisible a una velocidad alarmante y la luz del atardecer quedó completamente opacada. Lo único que aún se distinguía era una pequeña área, que parecía ser el centro del fenómeno, donde la niebla por alguna razón no se adentraba y sólo la rodeaba.

 Theo y Dalia se quedaron callados apenas el extraño suceso se había materializado. La temperatura había disminuido a causa del bloqueo del sol y el aire se había vuelto muy pesado, como cuando alguien ingresa a una habitación cerrada llena de gente y el aliento de cada uno se acumula. Theo se levantó extrañado de la pila de piezas donde estaba sentado, miró en todas direcciones intentando divisar algo a lo lejos, algo que le explicara la causa de aquella niebla, sin embargo, su intento fue en vano; la niebla los había rodeado completamente y no permitía la visión de nada más que no fuese el mismo manto blanco.


 Dalia estaba asustada, apenas se había aparecido la niebla sintió como si le agarraran el corazón y se lo apretaran con más fuerza a cada segundo que pasaba, cortándole de a poco el suministro de sangre. No sabía la causa, sin embargo, su mente no dejaba de repetir lo mismo una y otra vez: “hay que salir de aquí, rápido”. Intentó decirle a Theo que se fuesen lo más pronto de allí, pero sus labios no se movían. Por más esfuerzo que puso en abrirlos no consiguió nada, era como si estuviesen pegados. Intentó moverse, mas sentía que sus músculos pesaban una tonelada; la parálisis por el miedo a la situación le estaba comenzando a desesperar y agravaba aún más su estado.

 Theo seguía mirando de un lado a otro hasta que vio la expresión del rostro de Dalia. Inmediatamente notó que estaba muy asustada, siempre había sido una niña muy asustadiza, pero esta vez pasaba algo más, esta vez estaba realmente aterrada.

-          Dalia, creo que será…. – comenzó a decir Theo, mas sus palabras quedaron opacadas por un gran sonido que hizo retumbar el lugar a lo que le siguió el resonar del metal chocando entre sí.

 Un segundo sonido, igual al anterior, y de la nada apareció una enorme figura de unos dos metros y medio de alto. Decir que apareció desde la niebla seria estar muy errado, no, ese ser se había materializado repentinamente frente a los dos jóvenes a unos escasos metros solamente. La aparición poseía una forma humana con brazos, torso, cuello y piernas muy musculosos, su piel era de un color gris mugriento muy desagradable a la vista, no poseía ningún cabello a la vista en todo su enorme cuerpo, pero lo que realmente destacaba era su gran cabeza gris con una gran boca, y dientes de tamaño proporcional, unos orificios semejantes a los que poseen las serpientes y sobre todo un enorme ojo de iris rojo que miraba fijamente a los dos Jóvenes.

 Describir a la criatura como un monstruo se quedaba corto en aquel momento. Theo se vio contagiado de la parálisis de Dalia, la cual se amplifico más aún, debido a la impresión de aquel ser. Tensionando su enorme cuerpo la criatura comenzó a moverse apoyando su peso en sus cuatro extremidades; bastó sólo el retumbar de los movimientos del gigante para hacer reaccionar a Theo.

-          Tenemos que salir de aquí Dalia – gritó mientras la tomaba fuertemente de la muñeca obligándola a dar media vuelta y ponerse en marcha.

 Habían alcanzado a dar media docena de pasos cuando Theo sintió que Dalia se resistía a seguir avanzado, se giró y el terror vino a él al ver la mano de aquel monstruo alrededor de la cintura de su amiga.

-          ¡¡¡SUELTALA MALDITA BESTIA!!! – gritaba Theo mientras alternaba golpes y patadas a la mano de la criatura sin soltar la muñeca de Dalia. El monstruo molesto, pero sin demostrar el mínimo indicio de que los ataques desesperados del muchacho le causasen dolor, utilizó su mano libre para apartar a aquella pequeña molestia.

 Producto de la fuerza sobrehumana de aquel gigante, Theo salió volando varios metros hasta impactar contra una de las tantas pilas de desechos metálicos del sector. La visión de su amigo volando contra el metal logró desparalizar el cuerpo de Dalia, pero continuando inmovilizada por la enorme mano de la criatura, sólo consiguió gritar:

-          ¡¡¡THEOOOOOOOOOOO!!! -  sin embargo, la desesperación de aquel aullido no pudo ser escuchada por su amigo ya que éste tras impactar con la pila de metal y caer al suelo había perdido la consciencia reteniendo la imagen de su amiga apresada por la enorme mano gris de aquel monstruo.

Dos días antes (2 de símbel de 1415 d.g):

-          Despierta Theo, despierta muchacho, vas a llegar tarde si no te das prisa- dijo Hebe mientras movía cariñosamente el hombro de su sobrino.

-          No tengo ningún deseo de ir a la escuela hoy – respondió Theo con voz adormilada y la cara apoyada contra la almohada.

-          Media novedad – dijo sonriendo sarcásticamente - será mejor que te levantes, además este mes es el último de escuela así que tienes que sacarle provecho.

-          No iré – fue la resolución de Theo y se cubrió con las sábanas.

-       ¿Con que no iras, ehhh? – dijo Hebe con cierta irritación y tomó las sábanas de la cama y con un fuerte tirón hizo que Theo saliera volando de ellas. El joven rodó y aterrizó de pecho en el suelo.

-    ¿Por qué tienes que hacer esto cada mañana que tengo escuela? – reclamó irritado el recién despertado mientras se incorporaba. Su tía tenía una facilidad para sacar a cualquier persona de la cama a pesar de lo mucho que ésta intentase lo contrario.

-          Eso es porque nunca tienes ganas de ir a la escuela – respondió mientras arreglaba las sábanas recién desordenadas – me gustaría saber que haría tu madre si le contase que no quieres ir a la escuela – agregó mirando a su sobrino de reojo maliciosamente.

 De sólo imaginar lo que su madre haría si su tía le contase aquello, Theo palideció y se le hizo un pequeño nudo en la garganta. Hebe al percatarse sonrió triunfante y le dijo:

-       Vístete rápido que el desayuno ya está servido – y salió de la habitación.

 Theo se estiró y se rascó su pelo corto y en punta de color cobre, un rasgo característico entre los miembros de su familia, cruzó la pequeña habitación y fue al baño a asearse un poco. Era de contextura delgada y ojos color ámbar; no era muy alto comparado con otros chicos de su edad, sin embargo, aquello no le importaba en lo más mínimo. Volvió y se puso su ropa habitual: una camiseta negra sin mangas, con pantalones y zapatos del mismo color, y una chaqueta delgada de color azul.

 Cuando bajó, su tía estaba terminando de servirle huevos revueltos desde una sartén a su plato. Hebe era una mujer que pasaba los 40 años, pero que se mantenía con mucha energía y siempre con ánimo producto de hacer los quehaceres del hogar todos los días. Era corpulenta y poseía una gran fuerza de la cual había que tener cuidado, su cabello cobrizo y liso iba recogido la mayoría del tiempo en un moño con forma de tomate. Podía ser muy ruda y de temer si se lo proponía, sin embargo, la mayoría del tiempo era cariñosa, alegre y gustaba de bromear con sus conocidos.

 Theo vivía con sus tíos debido a que sus padres viajaban mucho la mayoría del tiempo a causa de su trabajo como arqueólogos, y él no podía viajar con ellos. Eso había sido así desde que era un niño y honestamente estaba acostumbrado a que las cosas fuesen así. No los echaba en menos muy a menudo, además sus tíos le proporcionaban todo el amor familiar que necesitaba.

 Una vez que hubo terminado su desayuno, tomó su mochila y se dirigió a la escuela tras despedirse de su tía.

 Había muchos factores que justifican el por qué Theo era reacio a ir a la escuela: la primera era que para él resultaba aburrida; en la ciudad en que vivía, Sial, la escuela era gratis desde los diez hasta los dieciséis años, después de esa edad las personas eran libres para buscar el trabajo que mejor pudiesen realizar ya sea un negocio familiar, estudiar algo en una universidad o enlistarse en el ejército, sin embargo, durante seis años era una misma rutina que a Theo sinceramente le asqueaba, además no era un muy buen alumno que digamos. Otro aspecto era que el lugar estaba lleno de gente, hecho que a Theo molestaba mucho ya que prefería estar en lugares solitarios o con pocas personas; simplemente él consideraba que necesitaba tener su espacio.

 Atravesó la zona comercial de la ciudad en donde un gran número de negocios habían abierto ya, y las personas comenzaban sus compras. No se distrajo mirando a los alrededores, sino que siguió su camino despreocupado, como si él fuese el único en aquella calle ligeramente pavimentada. De repente un fuerte ruido de vidrio quebrándose y el alboroto de la gente lo distrajo. En una tienda, unos pocos metros delante de él, se escuchaban gritos y repentinamente apareció corriendo una persona con un paquete bajo el brazo y la cara cubierta, “un típico ladrón”, pensó él.

 El delincuente pasó a escasos centímetros de Theo; con un pequeño movimiento le hubiera estorbado lo suficiente para permitir a sus perseguidores atraparlo, sin embargo, Theo se aseguró de moverse ligeramente para no chocar con aquel sujeto. No conocía a la persona a quien le habían robado y estaba seguro que la guardia de la ciudad terminaría atrapando al delincuente, en resumen no era asunto suyo ese problema, por ende, no tenía por qué inmiscuirse.

Una vez hubo llegado a la escuela, ingresó al edificio sin mirar ni saludar a nadie y automáticamente se encaminó a su sala en donde se sentó en un puesto desocupado. Las clases empezarían en unos quince minutos así que Theo aprovechó de recostarse en el respaldo de la silla y mirar al techo, pero se sorprendió al no encontrar el blanco color de este, sino a unos ojos cafés de un chico de su clase. De la impresión Theo perdió el equilibrio y se desplomó junto con la silla produciendo un buen alboroto. El muchacho moviéndose rápidamente esquivó a su compañero y a la silla sin problema.

-          ¿Qué te crees que haces Arturo? – dijo Theo irritado mirando a su compañero un poco más alto que él, delgado, de expresión alegre, cabello corto, ondulado y castaño.

-       Yo nada- respondió Arturo con una sonrisa en los labios y conteniendo una risita – era para ver si estabas sonámbulo o no, porque es raro que llegues a la sala con tiempo de sobra.

Theo no respondió y sólo se dedicó a levantar la silla del piso, pero en ese momento:

-     ¡¡Hola Rojoooooo!! -  dijo otro chico moreno, alto, corpulento y de pelo rapado que le dio una palmada a Theo en la espalda que lo puso de nuevo en el suelo.

-          Hola Tristán – saludó Arturo manteniendo su mismo buen humor.

-          Hola Art – respondió Tristán y de repente desvió la mirada hacia abajo - ¿Qué haces en el suelo Rojo? – le preguntó a Theo.

-          Te he dicho que no me llames así – le dijo Theo con el mismo tono de quien repite las cosas por milésima vez, mientras se levantaba.

-          ¿Enserio?, pero si con ese color de pelo el apodo te queda de maravilla – dijo Tristán riéndose y no tomando en cuenta el comentario de Theo.

 Él no dijo nada más y se limpio el polvo de la ropa; iba a sentarse cuando sintió que alguien le saludaba:

-          Buenos días Theo – dijo una chica delgada y de baja estatura, sólo un par de centímetros menos que él, con una cara delicada, hermosos ojos verdes y un cabello negro y liso que le cubría la espalda.

-          Buenos días Dalia – respondió él despreocupadamente.

 Una campana resonó en todo el edificio marcando el inicio de las clases. El día transcurrió como uno más en la vida de aquellos jóvenes sin que nada variara de la normalidad. La única persona a la que Theo podía considerar una amiga era a Dalia ya que se conocían desde pequeños y siempre habían jugado y pasado mucho tiempo juntos; en la actualidad ese tiempo era menor debido a que él prefería pasar más tiempo solo, sin embargo, Dalia seguía siendo su amiga, tan cariñosa y dulce como en la niñez. A Tristán y Arturo los había conocido en la escuela y le habían caído bien en un principio, pero en la actualidad no los consideraba amigos y prefería tratarlos con indiferencia, pero a pesar de esto esos dos lo seguían tratando bien, sin embargo, a Theo aquello no le quitaba el sueño.

 Cuando la escuela terminó Dalia le preguntó a Theo si la acompañaba a casa y él sin mucha importancia le dijo que sí. Estaban saliendo cuando se dio cuenta de que se había dejado un libro en su puesto, le dijo a su amiga y volvió a la escuela sin prisa. Lo encontró donde recordaba haberlo dejado, debajo de la silla, y se dirigió a la salida; mientras caminaba sintió un ruido en una sala cercana, el cual le hizo desviar ligeramente la mirada de su camino. La fuente del alboroto eran dos alumnos un año menor que él, que estaban acosando a un alumno más pequeño. La mirada de éste se cruzó con la de Theo cuando pasó por fuera de la sala, sin embargo, su contacto duró menos de un segundo porque el joven continuó su camino como si fuese el único en aquel lugar; simplemente no era su problema el librar las batallas de los otros.

 Cuando los dos Jóvenes se reunieron de nuevo, caminaron por la ciudad en dirección a la casa de Dalia, que quedaba unas cuantas casas más allá de la casa de los tíos de Theo. Durante todo el camino la que llevaba la conversación era ella haciendo diversos comentarios sobre las cosas que veía, dando su opinión sobre algunas otras y también preguntándole a su amigo la suya a lo cual él respondía con monosílabos o con frases cortas y con un tono indiferente que parecía no molestar en lo absoluto a su compañera. Cuando llegaron a la casa de ella, Theo se despidió y continuó su camino, pero no se dirigió a casa de sus tíos, sino que se fue hacia el sur, a las afueras de la ciudad.

 Sial era una ciudad pequeña y tranquila. Al no ser una ciudad fronteriza no tenía un gran flujo de fuerzas militares y podían vivir en paz prácticamente todo el tiempo. Una de las características de la zona era un sector abandonado en las afueras de la ciudad donde se amontonaban pilas inmensas de metal de distintos aparatos ya inservibles, desde utensilios domésticos hasta piezas de artefactos militares; aquel sitio era conocido como el “depósito de metales”. Aquellos restos metálicos se habían comenzado a amontonar hacia años y de vez en cuando las autoridades retiraban una cierta cantidad que al poco tiempo era repuesta por los ciudadanos. Prácticamente no circulaba gente por allí, salvo que necesitase agregar algo nuevo a la pila de chatarra o buscar alguna cosa que pudiese ser de utilidad, sin embargo, estas incursiones sólo llegaban a la periferia del depósito; el interior estaba totalmente intransitado

  Por aquella razón, ese era el lugar favorito de Theo. Allí podía sentarse y pasarse horas pensando en soledad sin que nadie lo molestase, le gustaba estar en ese sitio e iba cada vez que podía. Aquel día se quedó un buen rato contemplando el sol descender por el occidente sentado en lo alto de una pila de placas metálicas hasta que la luz se hizo escaza.

 Cuando se levantó y bajó para irse, le llamó la atención un pequeño objeto brillando en el suelo, podía ser cualquier cosa que uno pudiese imaginar, pero al levantarlo tenía entre sus manos un pequeño anillo plateado sin mayor adorno. Lo limpio y su simpleza le pareció atrayente así que se lo colocó en el dedo medio de su mano derecha; calzó perfectamente, como si hubiese estado hecho para él.

Al llegar a casa y entrar en la cocina, encontró a su tía preparando la cena y a un hombre de unos cincuenta años, con poco pelo en la cabeza, de bigote rojizo y una semiprominente barriga que leía un diario sentado a la mesa.

-          Hola tío Chuck - saludó Theo.

-          Hola Theo, ¿Un buen día en la escuela? – preguntó su tío sin despegar la vista del diario.

-          Normal – respondió Theo sentándose a la mesa - ¿y el trabajo?

-          Como siempre mucho papeleo, firmar, leer, redactar; ah y he escuchado algunos rumores de que se planean movilizar tropas en la frontera sur, pero sólo es un rumor – respondió su tío dejando el diario y concentrándose en el plato de comida que Hebe les estaba sirviendo.

 Chuck trabajaba en la oficina central de gobierno de Sial encargándose principalmente de los asuntos de relaciones externas de la ciudad. A Theo no le interesaba mayormente aquel trabajo, pero siempre preguntaba a su tío cómo le había ido por simple cortesía. Cuando hubo terminado de cenar se fue a su habitación y se durmió al poco rato; al día siguiente se había repetido la misma rutina de levantarse para ir a la escuela dejando a Hebe como ganadora nuevamente.

Theo se vistió, desayunó y se encaminó a la escuela; decidió tomar un camino distinto para no ser tan rutinario y se fue por un callejón poco transitado. Allí vio a tres perros que perseguían a un gato pequeño. Su primer impulso fue hacerse a un lado para dejar a los animales seguir con lo suyo; se hizo a un lado y el gato pasó corriendo seguido de sus perseguidores. Theo se dispuso a seguir su camino, sin embargo, comenzó a sentirse raro. No era algo que podía explicar, era una sensación extraña, pero a la vez familiar, se alejó, pero con cada paso que daba la imagen del gato siendo perseguido por aquellos perros se arraigaba más y más en su mente. Siguió su camino, pero llegó a un punto en que aquella sensación pudo más que él.

 Dio media vuelta y se puso a correr tras los animales. No tardó mucho en encontrar al pequeño felino atrapado contra una muralla rodeado por las tres bestias; el primero de ellos se disponía a saltar en dirección a su presa, pero su intentó se vio frustrado por una certera patada de Theo en las costillas del animal, el cual voló unos cuantos metros lejos de allí. Los otros dos caninos quedaron unos segundos paralizados, sin embargo, se abalanzaron rápidamente contra su nuevo enemigo. El primero de los que quedaban saltó al igual que el anterior, Theo lo interceptó con una patada circular en las costillas y lo mandó lejos al igual que el primero; el tercero de los canes decidió atacar por lo bajo a diferencia de sus compañeros, Theo lo esquivó con una finta situándose detrás de su atacante y cuando el perro logró darse vuelta, recibió una patada de la misma intensidad que las anteriores y salió volando.

 Los perros al verse derrotados escaparon por otro lado humillados. El pequeño gato, aprovechando la inesperada intervención, escapó del lugar tan rápido como sus patas se lo permitían. Theo se quedó solo en el lugar unos segundos, estaba impresionado y extrañado completamente de la reacción que había tenido. Sentía todavía los efectos de la pequeña dosis de adrenalina que acaba  de experimentar, pero eso no le quito la sorpresa.  Finalmente se acomodó su mochila y se dirigió a la escuela calmadamente, llegó tarde, pero aquello no le preocupó mucho, ya que no era la primera vez que le sucedía.

 Las clases transcurrieron de manera normal, pero en la mente de Theo todavía estaban las imágenes de lo ocurrido. Por más vueltas que le daba no podía explicar su reacción, sólo había sentido la necesidad de salvar a aquél gato y esa necesidad se volvió tan fuerte que no le quedó otra que hacerlo; sabía que esa necesidad le surgía a menudo, pero era fácil de obviar, sin embargo, este caso fue una completa excepción. Decidió no darle más vueltas al asunto y al poco tiempo se olvidó de lo ocurrido.

 Cuando la escuela terminó, Theo se dirigió a la salida junto con otros compañeros, pero  al llegar cerca de esta, le llamó la atención que había un montón de gente reunida en círculo. Con el rabillo del ojo logró divisar a los dos matones del día anterior golpeando al mismo chico con un poco más de intensidad, mientras los espectadores emitían gritos de sorpresa, dolor compartido o aliento a los abusadores. Desvió la mirada y siguió su camino, pero de repente comenzó a sentirse extraño; aquella sensación había vuelto. Puso todo su esfuerzo en resistirse a aquel sentimiento, intentó distraer su mente con cualquier otra cosa por más estúpida que fuese y aceleró el paso, pero le fue imposible.

 El chico que estaba siendo golpeado tenía la cara morada y los dos matones se reían de él, uno, el más pequeño de los dos, le sostenía por la espalda mientras el otro le golpeaba el estomago y el pecho. De repente el matón más grande se aburrió y dirigió su puño a la cara del muchacho justo hacia su nariz con la intención de terminar definitivamente, sin embargo, el golpe no llegó a impactar su objetivo puesto que este había sido interceptado velozmente por la mano de Theo.

-          ¡¿Qué te crees que haces?! – dijo el matón con la muñeca atrapada en la mano de Theo.

 No obtuvo respuesta.

-          Así que quieres hacerte el héroe ¿ehhh? , entonces toma esto – y con su otra mano el matón lanzó un golpe directo a la cara de Theo.

 Sin inmutarse mayormente, Theo bloqueó el golpe con su brazo libre sin soltar a su oponente, lo empujó, avanzó unos pasos y encadenando un rápido movimiento le dio un golpe en el estomago de tal intensidad que lo dejó en el suelo adolorido y sin aire.

-      ¡¡Hermano!!- gritó el segundo matón que tiró el chico a un lado y se apresuró a encarar a Theo – pagarás por esto.

El segundo matón le lanzó una ráfaga de golpes dirigidos a la cara, pero con calma Theo bloqueo cada uno de ellos fácilmente. Cuando notó cansancio en el rostro de su adversario, le lanzó una patada circular a un costado lo cual provocó que perdiera el equilibrio y logró rematarlo con un golpe de gancho a la mandíbula.

 Los dos abusadores quedaron en el suelo y Theo de pie pasmado por su reacción. Las personas alrededor también estaban petrificadas por lo ocurrido, pero eso se les pasó rápidamente y estallaron en gritos y aplausos hacia el vencedor.

 Él se quedó en el mismo lugar mirando el suelo, ignorante de los gritos de sus compañeros. Un contacto en su brazo lo hizo volver a la realidad. El que le tocaba era el chico pequeño a quien había ayudado, tenía la cara sucia y ligeramente hinchada, pero sonreía y unas lágrimas se asomaban en sus ojos.

-          Muchas gracias – dijo mirando a Theo a los ojos.

 En ese momento como alguien que se da cuenta de que se ha metido en un embrollo, Theo reaccionó, miró a sus compañeros que aún le aplaudían y al chico que le había dado las gracias, y apretando los puños, salió corriendo del lugar. No paró hasta que llegó a las afueras de la ciudad donde específicamente al depósito de metales. Cuando llegó, tomó aire y se sentó en lo alto de una de las pilas.

 No sabía lo que estaba sucediendo, se había metido en dos peleas ese día, peleas que no le correspondían. Había sido consiente de todos sus movimientos en ellas, ya que una vez que uno se mete en una pelea la única forma de salir es enfrentándose a él o los oponentes; sin embargo, no había querido meterse en aquellos conflictos. Esa sensación que se arraigaba en su cabeza no podía ser ignorada y no le quedaba más que hacer lo que le indicaba, pero ¿por qué?, y ¿por qué en aquellos momentos?, ¿Por qué a esas alturas de su vida y no en otro momento?, eran muchas preguntas para las cuales no tenia respuestas, pero se dio cuenta de una cosa: aquella sensación apareció cuando alguien estaba en peligro y necesitaba ayuda.

 Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando escucho que alguien lo llamaba a lo lejos. Buscó a quien fuese que estuviera diciendo su nombre y vio que Dalia se acercaba hacia la pila en donde estaba.

-          ¡Theo¡ – gritaba ella viendo de un lado a otro - ¡¿Theo dónde estás?¡ – su mirada divisó a su amigo en lo alto de una pila de metal y se le quedó viendo con una sonrisa – sabía que estarías aquí.

 Él se quedó mirando a su amiga como si le resultase extraña su presencia. La verdad era que le extrañaba ver a Dalia en aquel lugar ya que nunca venía con él.

-          Supe que en la escuela golpeaste a dos chicos que estaban molestando a uno más pequeño ¿eso es cierto?- preguntó la chica intentando buscar la mirada de su amigo, Theo guardó silencio, pero asintió – ya veo, no me lo creí al principio ya que tu no te metes en peleas ajenas…

-          Y no lo hago- interrumpió Theo – la verdad es que no sé por qué me metí en esa- y desvió la mirada hacia otra parte.

 Dalia sonrió.

-          Los chicos quedaron impresionados con la pelea por lo que escuche – dijo conservando la sonrisa y mirando alrededor - ¿sabes qué? – volvió su mirada a su amigo – lo que me contaron me recordó a cuando éramos pequeños y tu espantabas a los chicos que nos molestaban, ¿Te acuerdas?

-          No mucho – mintió Theo, la verdad era que lo recordaba perfectamente, pero no le gustaba recordar su niñez- Sabes Dalia…

Theo acalló sus palabras de golpe y Dalia se sorprendió. El joven comenzó a mirar alrededor y ella también; una espesa niebla estaba cubriendo el terreno y bloqueando el paso de la luz del sol.


 Theo volvió en si unos cuantos segundos después de perder la conciencia. Le dolía la cabeza y en general todo el cuerpo por el impacto, le costaba respirar, pero no tenía nada fracturado. Apenas recuperó el aliento, levantó la cabeza y observó que el monstruo aún tenía a Dalia apresada en su enorme mano gris y se la llevaba lentamente hacia su boca.

“Es todo” pensó Theo al ver aquella escena, sin embargo, la criatura detuvo su mano a unos cuantos centímetros de su cara, aún así ella estaba casi dentro de su boca. De repente Dalia comenzó a gritar muy fuerte; Theo no comprendió muy bien que le estaba haciendo el monstruo, pero de lo que estaba seguro era que su amiga estaba sufriendo.

 Se incorporó lenta y dolorosamente apoyando sus brazos en los muslos. Lo que más quería era salvar a Dalia, lo quería con todo su ser, ella era su amiga, una persona importante para él, pero ¿cómo?, ¿cómo ayudarla?; si se acercaba a aquella criatura lo enviaría a volar más lejos aun que la ultima vez. Podría lazarle algo, pero no confiaba en que su fuerza fuese suficiente para herir al gigante. La verdad era que no había nada que él pudiese hacer, pero no, no podía darse por vencido, sencillamente no era una opción.

“Libérame”, una voz en su cabeza le habló a Theo, “di mi nombre” dijo aquella voz de nuevo. Libérame, di mi nombre, el mensaje se repetía una y otra vez. Theo no sabía lo que sucedía, había tenido un día muy extraño y ahora estaba seguro que ya había enloquecido al ya estar escuchando voces de la nada, pero Dalia estaba en peligro, y si el escuchar a aquella voz le ayudaba a salvarla bien valía la pena. De repente sintió una sensación cálida en su pecho que empezó a extenderse por todo su cuerpo; era como si siempre hubiese sabido lo que tenía que hacer. Alzó el puño en dirección al monstruo y mirando fijamente el anillo en su dedo gritó:

-          ¡¡¡PROTEGE, BENFORTH!!!

 Sintió una fuerte explosión de energía proveniente del anillo y una intensa luz iluminó todo el lugar. Cuando esta se disipó, el anillo ya no estaba, y cubriendo la mano y el antebrazo de Theo se hallaba un guantelete de placas color cobre. El joven se sentía muy fuerte, sentía energía fluir por todo su cuerpo además de sentir una más intensa proveniente del guantelete; el dolor quedaba en segundo plano y por ese instante sintió que podría hacer cualquier cosa. El monstruo, debido a la enorme luz proveniente de donde estaba Theo, se había vuelto hacia él, dejó caer a Dalia y con rapidez, avanzando sobre sus cuatro extremidades, se acercó a Theo.

 Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la criatura alzó un gran puño gris y lanzó un golpe en dirección a Theo. Él, sin asustarse, levantó su brazo derecho y detuvo el fuerte impacto del cíclope con la palma de su mano cubierta con el guantelete. El monstruo pareció sorprenderse de que algo tan pequeño pudiese ser capaz de parar su golpe; aprovechando aquél momento de vacilación, Theo empujó el puño de la criatura con fuerza y ésta perdió el equilibrio desplomándose unos metros más atrás.

 Apresurándose, Theo corrió hacia el monstruo con el lado izquierdo por delante y el brazo derecho atrás preparado para golpear. Sintió que la energía del guantelete se acumulaba en su puño y supo exactamente lo que tenía que hacer. Antes de que el monstruo se recuperase Theo saltó sobre él y descargó su puño derecho sobre la criatura.

 Una enorme explosión de energía blanca cubrió todo el cuerpo del monstruo al momento de impactarlo, provocando también que se levantase mucho polvo y que la tierra temblase. Cuando La explosión terminó y el polvo se disipó, el monstruo ya no estaba, en su lugar había hermosas flores y pasto verde que antes no había estado allí, y sobre esta naturaleza estaba Theo, arrodillado sobre la pierna izquierda y con el puño derecho apuntando el suelo. El anillo plateado relucía en su dedo medio y brillaba tenuemente con la luz del atardecer; la niebla se había disipado.               
   
Próximo capítulo : "Dudas" saldrá el sábado 14 de enero       

2 comentarios:

  1. es una historia interesante fantasiosa con el toque justo de realidad, espero el segundo capitulo sea de la misma intensidad y produzca el mismo magnetismo del primero

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  2. Muy buena trama, es un privilegio, leer y que te transporte automáticamente a las escenas, sentir y vivir con los personajes, sin duda esperare el próximo y les deseo éxito.

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